Necesidad de proteger e incrementar la masa arbórea del municipio

¡Más agua, más árboles! rezaban las pintadas en los muros del los campos de Níjar cuando Franco visitó la seca y empobrecida Almería hace ya… Con intención o sin ella el “pueblo”, además de las consabidas muestras  populares de entusiasmo y lealtad incondicional, intentaba darle al Caudillo una lección elemental de ecología: El agua alimenta los árboles permitiendo su desarrollo,  éstos a su vez propiciarán que haya más agua por la regulación del clima que producen. El Instituto Nacional de Colonización encontró el agua y trajo pueblos nuevos, base de emporio que hoy existe, pero se olvidó de los árboles. Desde entonces ha llovido mucho, en todos sitios menos en Almería, y aquel agua, y otra que vino por varias vías, además de mantener la riqueza agrícola que hoy disfrutamos, fue a alimentar urbanizaciones con la que llenar los bolsillos de unos pocos. La mano inmisericorde del progreso fue sustituyendo los árboles que había por ladrillo, hormigón, asfalto, especulación y desbarajuste.  Y las poblaciones se fueron desarrollando sin darse cuenta de que así como las calles, las aceras, los alcantarillados, los edificios públicos y las instalaciones recreativas son parte de la infraestructura de una comunidad, los árboles también lo son.
De todos es sabido que las plantas fabrican su alimento y sus tejidos a partir del dióxido de carbono de la atmósfera, el agua, la luz solar parte de los elementos del suelo. En ese proceso los árboles liberan oxígeno, restaurando la atmósfera.  Regulan y actúan sobre el clima, ya que disminuyen la temperatura en verano, además de generar corrientes de aire y constituir pantallas contra el viento, la lluvia y los rayos solares. Además ayudan a eliminar, atrapar y sostener partículas y gases contaminantes absorbidos a través de los poros de las hojas y limpian las aguas que se filtran por el suelo, pues sus raíces actúan como descontaminantes, reteniendo nutrientes y agentes patógenos. También reducen el ruido atenuando los sonidos. Producen materia orgánica en la superficie del suelo al arrojar sus hojas. Sus raíces aumentan la permeabilidad del terreno lo que se traduce en reducción de la corriente del agua de tormentas sobre la superficie, disminuyendo la erosión del suelo y aumentando la carga de agua en el terreno. También hay que pensar que los árboles sirven como morada de aves, que alegran la ciudad con su presencia y cantos, brindan sensación de bienestar, embellecen el paisaje urbano y constituyen un valor de patrimonio para el municipio. La extensión y condición de los árboles de una comunidad y, colectivamente, su bosque urbano, es usualmente la primera impresión que la comunidad proyecta a sus visitantes.  En definitiva, muchas más ventajas que los presuntos perjuicios de su existencia y cuidados. 

Pero parece que en este municipio hay poca consciencia de ello, aquí los árboles más  bien parecen estorbos porque no proporcionan rentabilidad económica inmediata. Si algún árbol supone un inconveniente para alguna actividad, se tala, con permiso o sin él, y santas pascuas, sin molestarse en buscar soluciones alternativas que casi siempre la hay. Valga como ejemplo por ser más cercano a quien esto escribe, el asunto de La Molina, en San José, una relativamente extensa zona de masa forestal, que ignoro quien, cuando, por qué y para qué la plantó, pero que se había convertido una de las más valiosa zonas verdes de las poblaciones costeras, refugio de familias que pasaban el parte de su día de playa comiendo y sestando bajo sus copas sin hacer daño y de alguna que otra furgoneta de “hippys” que no se metían con nadie.  Pero gran parte de sus aboles pasaron a peor vida para que manos privadas urbanizaran sus alrededores; después la inquina municipal diezmó la masa forestal para hacer instalaciones deportivas, precisamente junto a las viviendas, y luego un gran descampado sembrado de enormes farolas, que aloja una “feria” de dudosa utilidad y algún que otro acontecimiento que entre todos no sumarán más de diez días de uso al año. Hoy La Molina, con la mitad o menos de sus árboles originales, es fuente de contaminación lumínica y acústica, aparcamiento de jugadores de pádel, escenario para sus fiestas deportivonocturnas, sede de botelloneros y futura antesala del mayor cabaré del municipio, si antes no se la lleva el agua, pues también en aras del progreso, supongo, hasta se ha destrozado el muro de contención de la rambla. 

Otro ejemplo, también en San José, es la reciente tala de varios árboles que  estorbaban a un futuro negocio a cambio de que los propietarios arreglen una acera, en vez de exigirle, como sería lógico, la plantación del mismo número de árboles y de porte similar en un lugar de uso público.  Interesa más el cemento que la sombra, el follaje y el oxígeno. Y eso multiplicado por las demás localidades…
Un verdadero contrasentido en un municipio cuyos habitantes pedían al gobierno más árboles hace medio siglo y que alberga hoy en su término un parque natural al que le da nombre y que debería ser ejemplo de preocupación,  cuidado y fomento de la Naturaleza, incluso dentro de sus poblaciones, que al fin y al cabo es donde habitan sus vecinos y se alojan los muchos que acuden atraídos por los valores naturales del entorno.

 Creo, por tanto, que se hace necesario, y con urgencia, la protección, fomento y ampliación de la masa  forestal en las poblaciones nijareñas mediante una serie de acciones que deberían comenzar por la redacción de unas ordenanzas municipales que protejan los árboles en suelo urbano, público o privado, prohibiendo su tala y cuando sea inevitable, exigiendo a los responsables la reforestación de igual o mayor número de árboles de la misma especie o de otras más autóctonas y de porte similar al de los suprimidos. Que se establezcan mecanismos de vigilancia y control, persiguiendo las talas ilegales con fuertes sanciones para los infractores además de la reposición, a su costa, de las especies eliminadas.
También se deben emprender acciones de ampliación de la masa forestal urbana, mediante programas encaminados a localizar e identificar los parajes más necesitados de cada localidad y aquellos espacios dejados inservibles para el cultivo por obras de infraestructuras como  taludes, terraplenes, márgenes… y reforestarlos con las especies más adecuadas al clima, suelo y necesidades. 
Exigir a todo constructor de viviendas o locales para otros usos, la plantación en la zona de un número de árboles proporcional al volumen construido, mayor en el caso de que se los locales sean destinados a actividades que genere algún ruido, como instalaciones deportivas, talleres, industrias y lugares de ocio, que deberían estar rodeados de árboles para mitigar la propagación de los sonidos.
Apoyar a la iniciativa de vecinos, entidades y organizaciones que, de forma voluntaria, reforesten y cuiden zonas de uso público, mediante la aportación de plantas o semillas y reducción o supresión de la tarifa de agua o el suministro gratuito de agua no potable para el riego. Promocionar la creación de asociaciones  para cuidar y acrecentar áreas arboladas. Beneficios fiscales, como reducción del IBI, para los ciudadanos y comunidades de vecinos que,  en sus fincas privadas, planten de forma voluntaria árboles de cierto porte que redunden en beneficio de la población, como dar sombra a las aceras, formar pantalla contra la contaminación lumínica o acústica, etc.
Concienciar a la población, sobre todo a la infantil, de la importancia y utilidad de los árboles, su respeto y conservación en el medio urbano mediante campañas de información y celebración de actos, en un entorno festivo, como fijar un día o dos al año de siembra o de plantación colectivas, apadrinar árboles, etc.,. Instalación, ampliación y conservación adecuada de jardines botánicos públicos con fines didácticos.
Con un poco de voluntad y algún esfuerzo, en unos años se podría mejorar bastante el aspecto y habitabilidad de nuestros pueblos, consiguiendo así para nuestro municipio, más de cinco décadas después, la segunda parte de las reivindicaciones que los almerienses hacían al su entonces Caudillo.
Juan Manuel Jerez